viernes, 29 de mayo de 2009

Sueño Roto.

Título: Sueño Roto.
Tema: #7.
Tabla: Ojala.
Palabras: 285
Notas: Me quedó rarísimo, no sé de dónde salió.

Ojala que el deseo se vaya tras de ti; a tu viejo gobierno de difuntos y flores.

El sueño roto descansaba sobre la almohada. Lo escuchaba respirar, sentía su calor. Compartía su aire contaminado, podía oler su fragancia barata. Su situación era tan cliché, tan común, tan aburrida, que le encantaba cada vez que al pensar en él quisiera vomitar. El cabello esparcido sobre el colchón se mezclaba con el de él. La sábana blanquecina cubría sólo un cuerpo. Su ropa estaba tirada sobre la alfombra roja.

Quería llorar, y no pudo más que sonreírle a la espalda blanca que tenía enfrente. Se le olvidó respirar, se le olvidó cómo amar. Entre suspiros le dijo "quiéreme", y agregando un por favor comprendió los ojos grises. Qué asco, qué melancolía. Escupió sobre la sábana, lloró encima de su espalda y rasguñó sus brazos fuertes. Había caído en el error que juró odiar hasta el fin, pero no se arrepentía demasiado. Sólo le dolía la indiferencia de él ante su muerte.

Él respiraba aún, él sonreía todavía frente a su recuerdo. No preguntó su nombre siquiera. La muchacha que preparaba café abajo se lo robó; junto a la cama, junto a la sábana. Ella era sólo un recuerdo sin nombre, una noche que ambos tomaron demasiado y ella tenía el corazón desgarrado. Él fue su antídoto, uno que la mató al día siguiente. Y allí estaba ahora, junto a él, bebiéndose la mañana y recogiendo las flores marchitas del deseo mutuo.

-Ojala desaparecieras junto a mí.

Y cuando la muchacha subió con el café, encontró el cuerpo de su amante; más no la respiración, más no su corazón. Se había ido a perseguir a la ocupante de su cama preferida, pues juraron no verse en ése mundo; pero en el siguiente, ser felices.

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Comentarios, tomatazos y demases son amados. Gracias por leer.

domingo, 17 de mayo de 2009

Amor Sobrevaluado.

Título: Amor Sobrevaluado.
Tabla: Suicidio.
Tema: #2, Sobredosis.
Palabras: 500
Advertencias: De nuevo, menciones de drogadicción y demases.
Agradecimiento especial a mi nee-san, Beth, por el beteo (L). Para Retos Ilustrados.

Sobredosis.

Qué tonta era. Eso lo supo desde que la vio allí parada, fumando un cigarrillo de manera inexperta y con los ojos perdidos. Su delgada figura le causaba cierta intriga, así como su cara de niña pretendiendo saber mucho de la vida; por ello se acercó a ella y le pidió un encendedor. Ella sonrió, buscó en el bolsillo de su enorme chamarra y le tendió uno pequeño y azul. A partir de ese momento se dio cuenta de todo.

Él era fornido y bien parecido, no tenía problemas con las chicas y ella fue una especie de excepción que lo dejó extrañado. Su boca pronunciada y el pequeño busto le daban ese aire infantil que contrastaba con las veces en que tiraba el cigarrillo y buscaba otro. La manera en que lo rechazaba cuando quería "algo más". La forma despectiva en que sus pequeños ojos negros lo observaban manoseando a otra chica. Hasta las extrañas muñequeras que llevaba en tiempo de calor; todo lo guardaba en su cerebro y no lo dejaba ir. Era una tonta, una perfecta niña estúpida.

¿Cómo iba él a saberlo? Era una tonta, pero no consideró que lo fuera tanto. Recordaba sus piernas blancas con cicatrices, los brazos destapados con moretones. Ella había dicho que no era nada, que la dejara en paz y no volviera a tocarla. Él obedeció, descubriendo que sólo regalándole píldoras blancas y planas ella sonreía sinceramente, algunas veces. Eso era lo único que él podía hacer por tan patética criatura, ella misma se lo había dicho.

Él tenía sus propios problemas, y sus encuentros fueron menos recurrentes. El trabajo de medio tiempo no era suficiente para mantener a su abuela y a su hermano menor. Sus calificaciones eran poco más que deplorables, y por más que quisiera no podía dejar de comprar marihuana. Las pastillas blancas se las reservó a ella hasta el final, porque en su mundillo pobretón y horripilante la marihuana y su sonrisa lo hacían sentir libre.

Pero ni ella ni su sonrisa perdida existían ya. Lo había sabido siempre: que era una llorona. El olor de heroína quemada le seguía llenando la nariz incluso en esos momentos, aunque sabía que era sólo efecto de los polvos. Las pastillas eran lo único que seguía intacto; y lo seguiría estando hasta que su abuela, molesta, subiera a ver qué pasaba y se encontrase con él, inerte.

La sensación de libertad estaba ahí, como siempre que consumía de más. La podía ver, sus piernas delgadas y sus muñecas cortadas. Le gritaba, le decía que pronto le alcanzaría. El olor de la marihuana ya no lo percibía. Ni recordaba los colores ni las formas de las pastillas que ingirió de golpe. El sabor agridulce de la medicina color rosa lo acompañaba mientras perdía la lucha y pasaba a dónde ella estaba, lejos del mundo material que secretamente odió.

Él fue feliz de poder entrelazar sus manos azules con las de ella, ensangrentadas. Sin escuchar los gritos de su abuela y los lamentos de su hermano.

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Este, si ponen atención, está conectado con otro de la misma tabla. No lo había dicho pero, muchísimas gracias por leer *-*

viernes, 15 de mayo de 2009

El juego del ahorcado.

Título: Sin definir.

Tabla: Suicidio.

Tema: #1, El Juego del Ahorcado.

Palabras: 500.

Advertencias: Menciones de violencia, traumas psicólogicos.

Para Retos Ilustrados.


Juego del Ahorcado.


Bajo. El techo del cuarto era bajo, si se ponía en puntillas sobre su cama lo alcanzaba fácilmente. La mueca de disgusto que era ya parte fundamental de su fisonomía se acentuó más, arrugando el entrecejo y retorciendo un poco más sus labios gruesos. Bajo, el techo era demasiado bajo e insuficiente.

Por supuesto, se dijo con su tonito irónico, que es bajo. La casucha en la que vives no está en mejores condiciones, todo es igual de mediocre que lo anterior. No seas imbécil. Ah, pero qué despegado estaba el techo del piso en su escuela, aunque del mismo calibre de su aburrida vivienda, que ni de puntas sobre el banco lo tocaría. Sí, era más adecuado el de la escuela.

El rostro se le relajó, y sus facciones dejaron ver a un niño indomable, demacrado y triste. Triste sobretodo, las pupilas dilatadas que reflejaban la falta de amor no podían mentir; aunque sus padres no repararan en ello. Ni él mismo lo hacía, estaba más ocupado midiendo mentalmente la altura de su salón de clases. De todas maneras él no tenía tiempo para esas cosas tontas.

Una corbata, una cuerda, cualquier cosa le serviría. Hasta el ridículo listón rosa que su hermana se ponía en su cabello cobrizo artificial. Se encaminó a la escuela, a pesar de lo oscuro y de los reclamos de su madre. Un saltito en la barda, unas patadas en la puerta, y estaba dentro.

Podía imaginárselas. La cara de su madre, siempre llorona y débil; la de su padre, inexpresiva y con su semblante de decepción de siempre. No se percató de que en ningún momento pensó en la de su hermana, la querida, la consentida. No pensó en ella ni cuando ataba la delgada cuerda al ventilador del techo, ni cuando la pasó por su propio cuello.

Su mente se volvió un depósito de memorias dolorosas, que había negado siempre. Las imágenes pasaban frente a sus ojos perdidos con una rapidez impresionante; y aún así las distinguía perfectamente. Los golpes, la sangre, su deseo de morir y matar a todos. Hasta su hermana, siendo empujada por él, apareció.

Se encontraba de puntas sobre el escritorio gastado. Todo estaba listo…menos él. Estaba a un salto de cometer lo que rondaba en su cabeza desde la paliza de su padre. La espalda delgada de su hermana se perdía entre el mar de sangre; de la de él.

La cuerda apretó con fuerza su cuello cuando se aventó lejos del escritorio. Pudo ver las ventadas rayadas y medio rotas, los bancos tapizados de rayones con groserías, y el suyo al final de la fila, solo, como siempre.

Ya no podía respirar, sólo sentía el pedazo de cuerda destruir su garganta. Los ojos se abrían desmesuradamente, y su boca se abría para dejar salir un hilo de sangre que se perdía entre su cuello. Los brazos delgados colgaban al lado de su cuerpo medio inerte; sentía calma.

El juego del ahorcado nunca le produjo tremendo alivio.

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Sí, no es el mejor que he escrito.

domingo, 10 de mayo de 2009

Cortarse las venas.

Título: Sin definir.
Tabla: Suicidio
Tema: #4, Cortarse las venas.
Palabras: 500
Advertencias: Menciones de violencia.
Para Retos Ilustrados.

Cortarse las venas.

La chica frente a ella está tan demacrada y fea que le provoca aversión seguir mirándola; pero no puede apartar la mirada completamente de tan espantoso ser. Endurece su mirada cuando la ve derramar gruesas lágrimas, y desvía la mirada a sus brazos delgados, y las finas cortadas en las muñecas contrastan la palidez con su color rojo. El sentimiento de repulsión le regresa, ya no puede más.

Observa entonces sus propios brazos, los cuales tienen una serie de cortadas leves y en las muñecas se concentra el color rojo esparcido por sus dedos esqueléticos. Frunce el seño pero no se da cuenta, la distraen las pequeñas gotas frías que caen sobre la herida y resbalan al piso. El sonido que hacen le molesta, casi tanto como escuchar los sollozos de la chica que sigue delante suyo.

Vete, le grita mentalmente, y ella le escucha. Pero no se va, no puede. La delgada figura que se proyecta sobre el espejo no puede desvanecerse si ella no se mueve. El reflejo no se lo dice, de seguro ya se ha dado cuenta desde que miró con detenimiento sus muñecas heridas, idénticas a las suyas, y las líneas delgadas de sangre que ahora se mezclan con las lágrimas que derrama. Vete. No quiero verte más.

Entonces, suelta el cuchillo.

Lo hunde más en su piel como respuesta. Le da tanta pena, le dan tantas ganas de destrozar a la imagen que aparece frente a ella todos los días. Sonríe ahora, pero la del espejo luce igual de triste, y ella no podría odiarla todavía más. Por eso se corta cada vez más fuerte cada día, por eso le gusta el metálico olor que sueltan las gotas de sangre mientras canta la balada que tanto le gustaba a su madre. La odia, por eso la canta con tanto entusiasmo cuando deja caer el cuchillo.

Pero esta vez ella no canta, sólo se limita a sonreír. Siempre ha sido irónica y terca, eso le dice su padre cuando le pone atención. Le gusta recordar su voz ronca y potente cuando le recrimina las cicatrices pequeñas alrededor de sus piernas; y se corta más profundamente para burlarse de él. ¿Divertido, verdad? Como no te vas, voy a hacerte sufrir.

Eso dice siempre, la escucha decir, y su semblante se ensombrece. De verdad. Su fealdad se incrementa, vuelve a lanzar gritos ahogados y mueve la cabeza en señal de “no”. Su arma está tirada en el suelo, manchada. Ya no la puede usar. Las uñas, no se cortaba las uñas para cuando esto sucediera. Volviste a perder.

Débil, fea, pálida. La del espejo, ella no. Ella estaba bien. Ella era fuerte e invencible, no como ese patético ser que castigaba todas las noches. A ella no le dolía en lo más mínimo, no se sentía sola, no se sentía triste. La del espejo era la pobrecilla abandonada. Mientras ve el charco que le humedece parte de la rodilla, la escucha llorar pidiendo perdón.

Y se va.

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Me emocioné porque este es un relato algo personal.